Pseudónimo Alice

Mis relatos

Todo el mundo tiene un sueño, el mío desde que aprendí a hablar es escribir. Sin embargo, un escritor no vale nada sin sus lectores, y por eso estoy aquí :)

Estrellas y cajas

Escrito por pseudonimoalice 06-09-2014 en Relato. Comentarios (0)

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Estrellas y cajas

En mi mundo solo hay cajas.

Un mundo cuadrado lleno de cajas cuadradas.

En este mundo no hay nada en realidad. Un suelo blanco y un cielo negro. Mires donde mires solo hay eso. Colores uniformes. El suelo sin una sola fisura. A veces me pregunto si existe ese cielo negro o si solo es una bóveda que no puedo tocar porque está muy alta. Una gran bola de luz ilumina este mundo de monotonía: una luz blanca, pero vidriosa y fría que irrita mis ojos y me atonta el cerebro. Solo soy un sujeto de experimentación.

Mi caja es más grande que la del resto, pero es como todas. De un cristal de color oscuro, irrompible y con forma de un cubo perfecto, y aunque la parte superior de la caja está abierta, no puedo salir.

En mi pequeño mundo tengo un trabajo.

Cada mañana, cuando despierto, me encuentro en el centro de la caja una pila de folios blancos tan alta como yo y un bolígrafo de tinta negra. Mi trabajo es simple, tengo que escribir la letra A. Es así de sencillo:

A A A A A A A A A A A A A A A A A A A A A A A A A A A A A A A A…

A veces me tomo la libertad de unir todas las letras.

AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA…

Y cuando estoy realmente inspirada incluso escribo alguna minúscula.

A A A A A A A A A A A A A A A A A a A A A A A A a A A A A A A A A…

Yo soy uno de los especímenes más raros que hay aquí. En ocasiones puedo notar la mirada iracunda de los otros humanos que rodean mi caja a través del cristal ahumado. Sus ojos son como dos rejillas negras cubiertas de odio. Aunque no puedan tocarme les temo. Una vez se me ocurrió escribir todo minúsculas:

a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a a…

Cuando lo hice, todos se volvieron locos. Se tiraban hacia su cristal con rabia, tratando de traspasarlo para llegar al mío y matarme. Pero su cristal no se agrieta, en cambio, de tanto chocarse su blanca piel empieza a mancharse. Estos momentos son terroríficos, pero a la vez, me llenan de curiosidad. El mundo blanco y negro toma otro color por unos segundos, el rojo. Cuando esto sucede la luz del cielo se apaga para mí. Todo se queda negro, y dejo de escuchar los gritos. Realmente no sé lo que dicen al gritar, ya que pronuncian sólo lo que todos conocemos: “¡A A A A A!” Las bestias gimen en sus jaulas. Y yo, a veces, aúllo con ellas. Al día siguiente mi caja es más pequeña, y la pila de folios para rellenar se triplica.

Una vez me planteé si, tal vez, podría sencillamente negarme a escribir “A” en los folios… Dejar de hacer mi trabajo, mi función. Pero uno de los humanos, que se encontraba a tres cajas de distancia con respecto a la mía, tuvo esa misma idea antes que yo. Al día siguiente sus folios también se triplicaron. Al segundo día esto volvió a suceder, y las tres pilas derivaron en nueve en una caja más pequeña. Al tercer día los folios derivaron en veintisiete, el espacio de la celda volvió a reducirse, y apareció un techo sobre ella para evitar que la criatura escapara utilizando los folios. Realmente no creo que fuera necesario, dudo que el humano pudiera haber pensado en esa opción… De hecho a mí solo se me ocurrió la posibilidad al tratar de entender por qué esa caja tenía un techo, pero pensar es demasiado difícil… En esta sección de cajas solo somos tres los sujetos pensantes, y ojalá yo no lo fuera. Los castigos por pensar o por hacer cosas diferentes son siempre severos. Al cuarto día la caja de este humano se redujo a tres metros cuadrados y las pilas de folios aumentaron hasta mezclarse, aplastándole. En el quinto día había una caja distinta con un humano distinto. Somos criaturas de memoria frágil, así que pronto todos lo olvidaron. Supongo que yo también lo olvidaré pronto.

Las estrellas asoman en la lona negra de la noche cuando mi bolígrafo se queda sin tinta, al tiempo que la última “A” cierra la segunda cara de la última de las páginas, perfectamente acumuladas en una esquina de la caja, esperando a ser recogidas por el carcelero. Nunca he visto su cara. Aparece solo cuando duermo y se lleva las hojas. Dormir es aburrido, pero si no duermo el día siguiente nunca llega. Aquí no hay tiempo ni espacio, solo matemáticas y lógica. Formas abstractas y ordenadas. Todo organizado y jerarquizado.

Todo falso.

Me tumbo en mi suelo blanco mirando los puntos de luz. Las estrellas son lo único que se sale de este molde… No tienen orden, no están colocadas; y cada noche las constelaciones se mueven… Pero la luz de la bombilla alógena a la que llamamos Sol destroza el único espectáculo espontáneo de nuestro mundo.

Vuelvo a mi tarea…

A A A A A A (no debo pensar) A A A A A A A A A A (no quiero que esos monstruos mueran por desear matarme a mí) A A A A A A A A A A A A A (¿pero qué mierda de mundo es este?) A A A A A A A A A A A (no debo desconcentrarme, o la siguiente “A” me saldrá torcida y seré castigada) A A A A A A A A A A A A A A A A (¡qué perfecta es nuestra comunidad!) A A A A A A A A A A A A A A (¡qué obra tan simétrica ha formado el carcelero con nuestras cajas!) A A A A A A A A A A A A A A (debo pensar sólo eso) A A A A A A A A A A A A A A (“A A A A A A A A A A…”).

Y de pronto se cae una estrella.

Miro delante de mí. Paro mi bolígrafo.

Un niño está en frente de mí, paseándose por mi caja.

Estoy completamente desconcertada. No puede haber dos humanos en una misma caja. ¿Qué debo hacer? No haré nada. A A A A A A A A A A A A A A A A… El niño mira un momento y yo le miro a él. Azul. Un color que nunca antes había visto. Quiero fundirme en ese color nuevo que tanta calma trasmite, pero el niño aparta la mirada y busca algo más interesante que mirar y hacer. Se acerca a un lateral de la caja y apoya su dedo índice en ella. Quiero preguntarle qué hace…

-¿A A A A A A? –Él me mira confundido. No entiende mi primitivo lenguaje. Vuelvo a intentarlo. -¿A A A A A A? –Sigue sin entenderme, pero obtengo mi respuesta al momento. Con el vaho de su respiración ha dibujado un amplio círculo en el cristal. ¿Un círculo? ¡Este mundo es cuadrado! El temor me invade. ¡¿Qué monstruosidad es esa figura geométrica?! El resto de los humanos también gimen desde sus cajas de cristal oscuro. Enloquecen y se golpean con los cristales aullando de temor y dolor. Las luces se apagan y todo vuelve a tener un único color.

Abro los ojos. Nueva pila de folios y nuevo bolígrafo negro, como cada mañana. ¿Habrá sido un sueño? No puede ser, los sueños aquí no existen. Me fijo un poco mejor y vuelvo a ver al niño de ojos azules, pero no está en mi caja, sino en la de un humano que está en frente de mí. ¿Cómo ha llegado hasta ahí? Se pasea bailando sin preocupaciones, desordenando las pilas de papel. Él atraviesa las cajas… No puede ser. No puedo estar imaginándolo porque aquí no existe la imaginación.

Uno de los hombres, presa del pánico, se lanza hacia él con el bolígrafo en la mano con intención de herirle y yo grito para avisarle, pero el niño se muestra completamente indiferente ante él y ante mí. Cierro los ojos para no ver lo peor, pero cuando escucho el sonido de un cuerpo chocando contra el cristal no puedo evitar mirar. El humano ha chocado y ha quedado inconsciente. El niño sigue bailando sin preocupaciones y atraviesa el cuerpo del humano y el cristal como si estuvieran hechos de aire. Él es un Hijo de las Estrellas… no pertenece a este mundo, con lo cual lo que pase en él no le afecta.

Por un momento dejo escapar un largo suspiro… Me siento aliviada… Guau… así que esto es sentir algo. Hasta este momento lo único que podía sentir era miedo y aburrimiento, pero parece que este niño ha hecho que mi lista de sentimientos y emociones empiece a llenarse con algo más que “A A A A A”.

Pero aunque me encantaría seguir mirándole todo el día tengo que continuar con mi labor… A… A… A…

Pasa un día…

Vuelvo a despertar. Espero poder volver a ver al Hijo de las Estrellas…

No puede ser…

Dentro de mi caja hay una caja más pequeña. Un cubo de dos metros cuadrados herméticamente cerrado. El niño está dentro… Con una pequeña pila de hojas y un bolígrafo negro. Es increíble… Él era libre… ¿Cómo es posible que el carcelero haya logrado meterle aquí? O tal vez no fue el carcelero… ¿Tal vez fueron los monstruos? ¿Tal vez fue el propio mundo?

Caigo de rodillas. No. No escribiré. Carcelero, Dios, escucha lo que esta bestia podrida y estúpida que has creado te pide. Por favor, no metas a una criatura libre en este mundo de cajas. Toma mi vida si quieres, aunque no sea mucho, pero no apagues la luz de esta estrella de ojos azules…

Es tarde…

Veo como el niño coge el bolígrafo. No sé muy bien cómo sentirme… Por una parte encajará en este mundo, y por fin podré comprender su comportamiento. Tal vez alcance el estado de “Limbo emocional” del resto y se acople a nuestro modo de vida… Pero no sé si eso es bueno o malo…

Me siento en el suelo y agarro mi bolígrafo… Miro al niño, él aún no ha escrito. De repente coge uno de los folios y hace algo que nadie jamás ha hecho: lo dobla. Como acto instintivo me tapo los oídos, esperando oír a las bestias desgarrarse, pero para mi sorpresa, no oigo nada. Todos le miran con el desacuerdo grabado en el rostro, pero no hacen nada. Actúan más bien como si les diera lástima… Me levanto y tiro el bolígrafo. He descubierto un nuevo sentimiento: la ira.

-¡A A A A A A A A! –les grito. No me entienden, no les entiendo; y el niño tampoco me entiende.

Les odio. Bestias pútridas sin razón ni sentimientos que se abalanzan contra alguien que ven como un débil, cuando ha sido más capaz que ninguno de ellos, simplemente porque no le comprenden. Yo tampoco le comprendo, pero por eso casi le envidio. Pues es mejor no comprender algo irracional que comprender que la racionalidad consiste en ser un perfecto imbécil.

Cuando vuelvo a mirar en el pequeño cubo del niño, veo que con los papeles ha creado nuevos seres…

-Grullas de papel. –dice, pero no entiendo su idioma.

-A A A A A… -respondo. Él tampoco me comprende.

Observo cómo hace esas “Grullas de papel”… Son realmente bellas. Pero cuando termina de hacer lo propio con todos los folios, coge las pequeñas aves blancas y las destroza. Siento pena por ellas. ¿Por qué ha hecho eso? Le miro a los ojos… Qué difícil es pensar… Qué difícil es imaginar… Qué difícil es comprender a alguien cuya lógica no tiene nada que ver con la lógica del resto del mundo…

Entonces te levantas y, simplemente, sales de la caja… Te alejas bailando sin preocupación… Pero antes de salir de mi caja, me miras a los ojos y… sonríes.

Con que esto es la felicidad…

Así es mi hermano, autista. En un mundo coordinado por miles de reglas, responsabilidades y lógicas inútiles sin sentido él tiene su propia forma de verlo todo. Nadie le entiende y él no entiende a nadie… Ese es su don, y su maldición. Tal vez nunca pueda encajar en este mundo que han creado los humanos, pero tiene algo que el resto no tenemos: un potencial capaz de cambiar realmente el mundo, mientras que los demás sólo podemos limitarnos a mirar. Él puede decidir no hacer nada, ni por integrarse ni por desarrollarse; puede lograr auténticas maravillas, pero… también puede destruirlo todo.

Le miro y puedo ver el poder que oculta su mirada… que se pierde en su Mundo de Estrellas, intocable desde aquí… Mi pequeña estrellita, no debiste caer en este mundo, todo será más difícil si permaneces aquí… Pero aunque no te comprenda, aunque pueda temerte… Pienso protegerte. Tal vez nunca puedas ocupar tu lugar en tu mundo, en el firmamento… Pero tal vez Dios te haya hecho de forma diferente que al resto para que puedas ser tú quien decida qué camino seguir.

Yo seguiré en mi caja… Esperando para siempre poder verte brillar.

.Primer premio del I Concurso de Relato Metrobook "Vida en otros mundos"

La verdadera fuerza (Parte 2/2)

Escrito por pseudonimoalice 23-07-2014 en Relato. Comentarios (0)


 

El cielo ya era de color negro, con la Luna como único foco de luz. El viento silbaba entre los árboles, que observaban pacientes a una figura alta y esbelta caminar con paso firme sujetando con fuerza las asas de su bolso… Pero no estaba sola… Tras ella se encontraba un pequeño grupo de cuatro o cinco integrantes de los cuales se oían sus voces, que susurraban divertidas entre ellos. Dos se pusieron enfrente, y ella, espantada cambió la dirección de su trayectoria. Otros dos se pusieron detrás entre bromas. Los ojos de la chica reflejaban el nerviosismo y el miedo, y aún con aquél frío, gruesas gotas de sudor caían de su frente por el terror.

  El uno restante se puso enfrente de ella y con una sádica sonrisa le hizo una proposición. Ella lo rechazó dándole un tortazo, que hizo que su sonrisa desapareciera de golpe. La agarró por las muñecas y ambos forcejearon, finalmente la chica fue empujada hacia el suelo. Y el fluir de un líquido rojo que salía de su nuca, que chocaba contra una roca, hizo que el grupo, horrorizado, saliera corriendo de allí. Dejando a la luna como única testigo, reflejándose en los ojos inmensamente azules de la joven muerta.

-¡¡Aaagh!!-Me desperté gritando y empapado en sudor y encendí la lámpara a una velocidad increíble, alarmado. Sólo había sido un sueño…

Me sequé el sudor de la frente con el dorso de la mano y miré el teléfono móvil. La llamé, estaba preocupado. Con cada pitido del teléfono mi corazón latía más rápido, hasta que una voz entrecortada por el sueño me contestó bostezando. Le expliqué el motivo de mi llamada sintiéndome idiota. Realmente sentía haberla molestado, y no quería agobiarla ni mucho menos, pero de todas maneras era una buena excusa para llamar. Ella no vio las cosas desde ese punto de vista, y se despidió rápida y educadamente deseándome buenas noches. Cerré los ojos y me volví a sumir en un sueño pesado e intranquilo…

***

  Caminaba por la calle. Ahora sin miedo. Ya llevaba siete años sin tener miedo… Desde que conocí a Miriam.

  Con ella, nunca estaba sólo en los recreos, y aunque ella siempre fue más popular que yo y tenía mucha facilidad para conversar con la gente y seguir llevándose bien con el resto de la clase, parecía que le gustaba estar a mi lado. Y lo cierto, es que ello me alegraba, no sólo por estar acompañado, sino porque contra dos, y una de ellos hija de un policía, muy pocos se atrevían a seguir maltratándome. Y si de vez en cuando ocurría, con el tiempo el número de veces fue disminuyendo; aunque los insultos y la marginación no terminasen de acabar, yo iba con la cabeza más alta que nunca. No estaba sólo. Además, por las tardes, los llamados “Tres de Villalba” solían venir a vernos, y en cierto modo, tener amigos que viniesen desde otro pueblo, era algo que llamaba la atención entre nuestros conocidos de Moralzarzal.

  Llegué al instituto Arroyomolinos, que había sustituido desde hacía un tiempo al Raso. Y entré con confianza en la clase de primero de bachillerato, sentándome sin resignación en la última fila esperando pacientemente hasta que sonó el timbre, y ella, como siempre tarde, llegó.

  El día transcurrió rápido, como de costumbre. Me alegró que no mandaran muchos deberes, pues hoy era un día importante. Decidimos llevarnos dos bocadillos para comer mientras íbamos de camino al polideportivo. Hoy era el día del partido de fútbol de categoría femenino federado final entre las chicas del IES las Canteras de Collado Villalba y las del Arroyomolinos.

  Miriam estaba emocionada. Llevaba muchísimas tardes saliendo a entrenar por su cuenta para estar preparada para este partido, y con su equipo y el entrenador, siempre destacaba por su esfuerzo. Por ello, muchas veces tuve que ir yo sólo con los Tres, y cuando ellos no podían venir, me quedaba en casa estudiando o yendo a verla a los entrenamientos. Sabía que Miriam hacía malabares entre exámenes, trabajos y partidos para poder entrenarse, pero lo único que pude hacer fue animarla. Me fastidiaba no poder hacer más que eso y ayudarla un poco a adelantar con algunos trabajos, pero ambas cosas me las agradecía con el corazón. Llegar hasta allí le había costado, y estaba dispuesta a darlo todo en la final. Yo me sentía muy orgulloso de mi amiga. Y aunque los Tres fueran de Villalba, iban a venir a animarla con todas sus fuerzas para que ganase el partido. Según me contaron, las Canteras y su instituto, el Jaime Ferrán, compartían una pequeña rivalidad similar a la de Oxford y Cambridge.

Nos dirigimos al Polideportivo, charlando animadamente hasta que nos encontramos con estos. Miriam se reunió con su equipo y se dirigieron a los vestuarios mientras nosotros nos sentábamos en la primera fila de las gradas. Por fin llegó la hora y el partido comenzó.

   Yo no entendía demasiado acerca de fútbol pero sabía las normas principales. Miriam regateaba y corría tan veloz o más que siempre, soportando el frío que el uniforme de pantalones cortos le hacía padecer. Más de una vez cayó al suelo por culpa de las faltas de las rivales. El partido estaba empatado a un gol cuando el árbitro pitó el final de la primera parte. Miriam se sentó rendida junto a sus compañeras. Iba a bajar a darle ánimos, pero justo en ese momento, mi móvil sonó. Era mi madre. Me explicó que mi padre había tenido un accidente colocando una bombilla y que se había caído de la escalerilla partiéndose un brazo. Mientras ellos iban a urgencias, yo tenía que quedarme con Elena, mi hermanita de cinco años, que se encontraba con fiebre justo en un momento como aquel.

Sin tener tiempo de darles demasiadas explicaciones a los Tres, me fui corriendo a casa con rabia y tristeza por no poder estar junto a mi amiga en un momento tan importante…

***

El partido había concluido. Las Canteras había ganado por tres a uno en la segunda parte. Sus compañeras le recriminaron a Miriam su falta de atención durante aquella parte y sus fallos en pases fáciles. Ella lo había notado también, pero no había podido espabilarse. Nuria le había contado lo que había pasado con Sergio y los motivos por los que se había tenido que ir. Ella sabía que no era culpa del chico, pero la desilusión fue recayendo en tristeza, y aquella tristeza la entorpecía; tanto que cuando fue a acompañar a los Tres a la estación, se dio cuenta que se había dejado el bolso en los vestuarios del polideportivo. Se despidió de ellos a mitad de camino y volvió a por él. La luna ya se cernía sobre el cielo…

***

Le di su medicina a Elena, que la tomó sin protestar, aunque con una mueca de asco en la mirada. Estaba intranquilo… llevaba mucho tiempo con un mal presentimiento que me recorría todo el cuerpo. El móvil volvió a sonar, esta vez era Alberto. Lo cogí bajo la atenta mirada de mi hermanita pequeña. Me contó el resultado del partido y me sentí culpable hasta cierto punto. Según él, Miriam había estado muy despistada, tanto que había tenido que volver al polideportivo para recoger su bolso. Un pensamiento me alarmó.

  -Entonces, ¿no sabéis si llegó a casa bien? -pregunté con preocupación. Él me respondió que no, junto a palabras que pretendían tranquilizarme sin resultado. Pero yo contesté de forma más breve: -Alberto; tú, Nuria y Santi me tenéis que hacer un favor. Y te juro que si lo cumplís os haré los deberes un mes.

***

  Una joven caminaba sola bajo el brillo de la pálida luna llena. Tenía frío y miedo, y estaba tan cansada como decepcionada. De improviso sintió la presencia de más personas detrás de ella que interrumpían su tranquilidad y soledad.

  -Ey, Miriam, ¡qué feliz coincidencia! ¿No crees?

  Ella sonrió con educación y saludó, pero ver a aquellos antiguos compañeros de clase no le hacía sentirse cómoda en absoluto: eran los mismos que llevaban años haciéndole la vida imposible a Sergio, y en consecuencia, a ella. No le gustaba nada verse en esa situación: -Es muy agradable encontraros, pero lo siento, tengo prisa.

  Dos se pusieron frente a ella cerrándole el paso.

  -¿Prisa? No seas tonta mujer, ¿después de tanto tiempo nos recibes de forma tan fría? -Miriam se fijó en que todos apestaban a alcohol, y eso le asustó todavía más…

  -Dejadme, en serio, tengo que irme… -Intentó rodearlos, pero no la dejaron. Como movida por un resorte quiso escapar dando media vuelta sobre sus pasos, pero otros dos jóvenes se lo impedían. Estaba acorralada. Se preguntó qué es lo que podrían querer y qué debía hacer, y recordó cómo años atrás se había enfrentado en más de una ocasión a esos mismos chicos con la ayuda de Sergio… Pero ellos ya no eran niños, y su fuerza y brutalidad eran mayores; además estaba sola…

  -¿Ocurre algo preciosa? Pareces muy tensa… -la inconfundible voz de Luis penetró sus sentidos despertando sus miedos. No contestó: -Oye, Miriam, siento lo de tu partido. Mi ex estaba en el equipo contrario ¿sabes? -dio un trago a la botella que llevaba en la mano y luego, tras vaciarla la tiró. Ella tragó saliva. -¿En serio? Entonces estará contenta…

  -Bah, ¿qué más dará? Estaba obsesionada con el deporte, aunque me gustan las chicas con cuerpo de atleta. Es más, nos gustan a todos… -El grupo entero sonrió cínicamente. Luis se puso muy cerca de Miriam y la miró con sus oscuras intenciones reflejándose en sus ojos: -Vente con nosotros preciosa, te lo pasarás bien.

  -No, gracias.-contestó rápidamente, intentando mantener su expresión dura e impenetrable.

  -Venga, dame un besito, me siento muy sólo… -acercó mucho sus labios a los de ella con una sonrisa espeluznante, pero la chica lo paró de una bofetada con miedo e ira. Sin pensarlo él la agarró por las muñecas apretándola, intentando acercarla a su boca contra su voluntad. Ella no paraba de resistirse y él se estaba cansando. Sus amigos se empezaban a asustar de su brutalidad y le pedían que parase pero no les escuchaba. Finalmente, hizo acopio de toda su fuerza para intentar empujar a la chica contra una roca que había tras ella.

  Pero fue él quien cayó al suelo.

  Le miré con todo mi desprecio y con todo mi odio con los puños cerrados y apretados al máximo. Me coloqué delante de Miriam casi sin pensar en lo que hacía. Sólo me importaba protegerla como fuera. Ella, aterrada detrás de mí, insistía en que nos fuésemos, en que huyésemos, y lo cierto es que era un buen consejo pero estábamos acorralados. Sólo quedaba una alternativa y todos los allí presentes lo sabían.

   Luis se levantó con la nariz chorreante de sangre y se dirigió hacia mí para pegarme un puñetazo. Lo esquivé con relativa facilidad, ya que el alcohol le hacía perder agilidad. La pelea parecía transcurrir mientras el tiempo se paraba… Yo no podía aguantar ni la rabia, ni la adrenalina o el miedo. Pero no era miedo hacia Luis lo que me movía, sino miedo por Miriam. ¿Qué no le haría aquél salvaje en su estado? Sabía que nos miraba sin poder hacer nada. Estaba tan asustada como yo, y lloraba. Yo… nunca, permitiría a nadie que le hiciera llorar irse sin más. Nadie le haría daño mientras yo estuviera allí. Fui yo quién le cogió esta vez del cuello; fui yo quien le propinó la sarta de patadas y puñetazos; y fui yo quien lo dejó convaleciente en el suelo dedicándole a gritos una amenaza.

  Al final, entre sus colegas lo cogieron y me miraron todos aterrados. Corrieron sin  simular ningún tipo de orgullo. Esta vez sí, esta vez había ganado.

  Suspiré y me dejé caer en el suelo, sentado junto a Miriam. La miré preocupado.

  -¿Estás bien?- Ella ni siquiera me contestó. Me miró con tanta emoción en el rostro que me quedé atónito, pensando que podría quedarme así para siempre. Y antes de que yo mismo pudiera asimilarlo, mis labios se encontraban pegados a los suyos, en un beso que sinceramente nunca sabré quién empezó. Un beso por el cual mereció la pena y la merecerá siempre no rendirse y luchar. No me importó nada más en la vida que Miriam y bebí de sus labios como si no hubiera nada más valioso en el mundo.

   Es curioso como un simple beso… un “te quiero” sincero… o un abrazo dado de corazón, pueden hacerte tan fuerte como para soportar mil años de sufrimiento, hacerte luchar contra vientos, mareas y tormentas, ser capaz de vencer a tus peores pesadillas; o aguantar la bronca de tus padres por haber dejado sola a tu hermanita con un trío de adolescentes a los que se les ocurrió meter un tenedor de metal en el microondas.

Segundo premio del concurso de Prosa del IES Jaime Ferrán (2010-2011)

Ángela Victoria

Escrito por pseudonimoalice 01-07-2014 en Relato. Comentarios (0)

Corrí como alma que lleva el diablo durante largo rato siguiendo la acera empedrada, cuando por fin me vi a salvo, oculto en la oscuridad de la noche, decidí echarle un vistazo a mi valioso botín. Me dejé caer en el suelo y casi agradecí notar la arena pegándose a mis piernas sudorosas; me había escapado por los pelos… Con la delicadeza del que coge a un niño recién nacido, acuné la barra de pan que acababa de sacar de mi zurrón antes de empezar a devorarla con ganas. A los dos minutos recorté con la navaja el enmohecido queso que traía de casa para quitarle los restos verdosos y dar buena cuenta de él. Sin embargo cuando saqué una manzana roja que me tentaba como a Eva, escuché un sonido… un sonido de pasos… No me giré, pero me levanté y aceleré mi marcha. Los pasos se incrementaron… Seguí acelerando. Noté cómo los comerciantes a los que les había robado esos deliciosos manjares empezaban a correr. Agarré bien el zurrón desgastado y yo también salí corriendo. La carrera fue intensa. Escuché, atemorizado, los insultos y amenazas que gritaban detrás de mí. Me faltaba el aire…

  Tropecé con algo en mitad de la penumbra y caí cuan largo era sobre la piedra, dejando escapar un grito de dolor que mis perseguidores pronto detectaron averiguando de dónde venía. Estaba perdido. Cerré los ojos aguardando los golpes que habían de llegar para matarme o, con suerte, dejarme tullido. Pero nada de eso sucedió. El sonido del acero contra la piedra retumbó en mis oídos al tiempo que vi el brillo de una espada y un ala inmensa de color cobrizo y pardo que podía recordar a la de un águila inmensa. Eso pensé… pero luego me di cuenta de lo que era en realidad. Tras el ala vislumbré una figura femenina…

  Adrián García pedaleaba sin descanso huyendo de aquellos jóvenes que le perseguían sintiéndose como un pequeño conejo rodeado por una manada de lobos. Alguna vez se le había ocurrido pensar que sería mejor idea parar y explicarles el malentendido en lugar de sortear a los coches con peligrosas maniobras arriesgando su vida. Se había buscado problemas con John Smith, el alumno de intercambio americano hijo de uno de los directores de Microsoft que acababa de llegar a la Universidad de Toledo con intención de fiesta, mujeres y bronca. ¿Cómo habría podido imaginar Adrián que la rubia de la fiesta de la universidad era su novia? Decidió desechar todos esos pensamientos de su cabeza y concentrarse en la carretera, pero no podía evitar tener una imagen objetiva de la situación en la cabeza: Una bicicleta seguida por cuatro motos. La cosa pintaba bastante mal. 

  Inconscientemente, había seguido su trayecto habitual a la biblioteca Castilla-La Mancha, adonde había ido cada tarde a estudiar para sus exámenes. ¡Perfecto! Si conseguía despistarlos podría entrar en la biblioteca y esconderse allí. Adrián les sacaba una calle de ventaja, estaba a punto de conseguirlo. Fue una lástima que justo en ese momento una ancianita decidiera pasar por el paso de cebra, haciendo que Adrián se estampara contra el grueso muro del Alcázar. No supo si había permanecido en el suelo unos segundos o unas horas, el caso es que todo su cuerpo le dolía y su respiración cada vez se hacía más costosa.

  -¡Venga miedica, levántate! ¡Están a punto de pillarte! –Como el muchacho había perdido sus gafas, no podía ver quién le estaba hablando. Con los contornos borrosos que percibía, pudo hacerse a la idea de que alguien había recogido las cosas de su mochila, se las había apañado para poner la bicicleta destrozada en pie y le ofrecía la mano para levantarse.

  -He visto un ángel. –Fue lo primero que logré decir cuando abrí los ojos.

  -¿Debo tomármelo como un cumplido? –Preguntó la joven sonriente que en ese momento cambiaba mis mantas. Era la mujer más hermosa que había visto en mi vida. Su piel era broncínea como el cobre, y su pelo oscuro caía como una cascada sobre su espalda. Sus ojos negros me miraban interrogantes y divertidos.

  -Sí… ¡Digo, no! Es decir… -Miré en derredor con los nervios a flor de piel, pude escuchar cómo se reía. Los catres llenos de enfermos, las monjas y curas que iban de acá para allá, y los corrillos de jóvenes que contaban historias rodeados de pilas de manuscritos lograron devolverme a la realidad. -¿Dónde estoy?

  -¿No es evidente? Estáis en la Casa de la Caridad de Toledo. Soy Doña Victoria, es un placer conoceros, ¿Don…?

  -Don Adrián, señora. –Me fijé en que Victoria no vestía los hábitos, sino un sencillo vestido de color ámbar. Ella siguió la trayectoria de mi mirada y volvió a sonreír.

  -Soy la sobrina de Don Freire, el padre que está a cargo del voluntariado. He venido a pasar unos días a Toledo para ver la ciudad y educarme en el arte de las letras; y de paso ayudo en lo que puedo por aquí. –Me quedé mudo. - ¿Era esa vuestra pregunta?

  -Sois muy inteligente Doña Victoria, no me extraña que deseéis aprender a leer y a escribir, aunque no creo que una señorita de su condición lo necesite. Tal vez deberíais centraros en buscar un buen marido… -mis mejillas enrojecieron sin razón aparente, pero la sonrisa desapareció del rostro de Victoria y solamente contestó:

  -La libertad se la dio Dios a la humanidad, y no solo los hombres son humanos. –Tragué saliva.

  -Disculpadme mi señora, pero ¿no estábamos hablando de letras? ¿Por qué me contestáis hablando de libertad?

  -¿Acaso existe lugar en el mundo con más libertad que el interior de un libro? ¿Os habéis planteado acaso cómo ha de sentirse el escritor que le da vida a sus personajes y a su historia? Debe de ser lo más parecido a estar en la piel del Creador… -de pronto sus ojos se volvieron soñadores y yo me sentí muy pequeño… Había viajado hasta Toledo en busca de alguna abadía o convento que me aceptara para así poder dedicar mi vida a Dios y tener un techo bajo el que resguardarme. Mis problemas de respiración habían provocado que fuera nefasto trabajando en el campo, así que esa había sido mi única opción. Sin embargo… pensé que no habría ningún problema en descansar en la Casa de la Caridad durante algunos días.

  -¿Para huir de unos matones has sufrido un accidente de bicicleta? Lo cierto es que habría sido más sano que te hubieras dejado pillar, ¿no crees?

  Esa voz femenina tan sarcástica y burlona comenzaba a poner a Adrián de los nervios, pero en lo más profundo de su ser le estaba agradecido. Se había hecho un corte doloroso pero poco profundo en la pierna y se había dislocado dos dedos de la mano izquierda; los moratones eran lo de menos. La chica había tenido reflejos y le había llevado a una cafetería-restaurante que había cerca del alcázar. Además había tenido la amabilidad de vendarle y de inmovilizarle la mano.

  -Me parece que ya está, Adrián. Deberías elegir mejor la chica con la que vas a ligar la próxima vez. –El joven se quedó a cuadros.

  -¿Cómo sabes mi nombre? ¿Y cómo sabes eso? –Ella se rió.

  -Tu nombre está escrito en la mochila, y hueles a humo de discoteca. Si añades eso a una persecución, la respuesta es evidente. –Mientras ella hablaba, el muchacho había logrado sacar el estuchito de las lentillas de la mochila y se las puso.

  -¿Y tu nombre es…? –Por primera vez la vio con claridad. Su piel era muy oscura, a pesar de que sus rasgos eran más bien occidentales. Ese moreno no parecía genético, sino más bien el producto de un viaje prolongado a un país exótico. Sus ojos, su cabello ondulado y su vestido, demasiado largo para la época veraniega, eran negros como la noche. El chico se quedó maravillado.

  -Ángela. No eres de por aquí, ¿verdad? –preguntó Ángela de repente.

  -En realidad soy de Albacete, pero he venido a estudiar aquí… ¿Tú qué haces en esta ciudad? –Ella le miró sorprendida pero seria.

  -Yo soy de aquí, es más, estoy a cargo de la seguridad de la biblioteca. –Adrián no se esperaba que fuera guarda de seguridad, ¡ni mucho menos! Antes se habría esperado que fuera médico o algo relacionado con la sanidad, al fin y al cabo le había atendido muy bien. Ángela le contó que todo eso lo había aprendido en los libros, y Adrián supuso que, al fin y al cabo, ser “segurata” de la biblioteca debía de darle la oportunidad de leer mucho. Sin embargo era extraño… Adrián había pasado horas estudiando en ese lugar durante el año escolar, y no recordaba haberla visto nunca.

  Fue la época más feliz de mi vida… Pasé cerca de un mes en la Casa de la Caridad, siendo debidamente educado e instruido por los clérigos. Me sentía en casa. Las mañanas las pasaba estudiando. Pronto, Don Freire se dio cuenta de mi talento en el campo de las letras y me recomendó como escriba en una de las pequeñas salas de estudio del alcázar que habían logrado salvarse en el incendio. Don Freire era un soñador; más de una vez fantaseaba relatándome sus fantasías sobre reconstruir el edificio transformándolo en una pequeña ciudad de Dios, con biblioteca, hospital, escuela y oratorio; todo al servicio de los más necesitados. Por las tardes, Victoria y yo leíamos libros en voz alta para entretener a los enfermos, y si sobraba tiempo, nos paseábamos por los entresijos de la ciudad de Toledo. Cada día que pasaba sentía que mi propósito de hacerme clérigo se iba difuminando por el amor que sentía hacia Victoria. A pesar de su estatus burgués, más de una vez tuve la tentación de pedirle la mano; pero cuando por fin me decidí, su reacción no fue la que yo me esperaba…

  -No puede ser… -dijo con un hilo de voz sin dejar de mirar el anillo dorado que había dejado en la palma de su mano. Mi mirada se ensombreció…

  -Ángela… Sé que no nos conocemos desde hace mucho tiempo y que soy muy joven, pero justo este año terminaré la carrera y buscaré trabajo. No tenemos por qué irnos a vivir juntos directamente. –Ella evitó mi mirada con tristeza pero yo cogí sus manos de obsidiana e insistí. –Por favor, nunca he sido tan feliz como desde que te conozco. ¿Acaso todo el tiempo que hemos pasado juntos no ha sido igual de feliz para ti? Mira… incluso he hecho esto para ti… -Dejé sobre la mesa la pila de folios encuadernados que llevaba en mi maletín cuyo título, “Mi ángel”, conmovió a Ángela.

  -Adrián, no puede ser… debes saber algo…

  -Pronto tendré que irme. Le amo muchísimo Don Adrián, pero tengo un deber que cumplir… Esta Casa de la Caridad con los siglos se convertirá en una biblioteca, y yo debo proteger a todos los que moren en su interior… -Sus ojos negros no pudieron seguir ocultando sus lágrimas, y la abracé tratando de contener las mías. No entendí a qué se refería, pero sabía que irse no era su voluntad… Me confesó que debía partir esa misma noche. Pero no quería atenerme solo a eso… Mi ángel se iba…

  -Por favor, prometedme que nos volveremos a ver… -Ella solo sonrió…

  “A la tercera va la vencida” Fue lo último que me dijo… Hoy hace medio año que no sé nada de ella. Visito por última vez la biblioteca Castilla-La Mancha, mañana me graduaré y volveré a Albacete… Pero antes de entrar hay algo que me llama la atención… Me fijo en una estatua de un material oscuro y metálico que antes no había detectado. El jardinero, al ver mi interés por aquella figura (que representa a una mujer alada que elevaba una espada con decisión), pregunta con humor:

  -Llamamos a esta estatua el Ángel de la Victoria, es la guardiana de la biblioteca. No lleva mucho tiempo aquí, pero creemos que protege a los estudiantes. -Una pequeña sonrisa se dibuja en mis labios.

  -Ángel de la Victoria… No; Ángela Victoria…

  Seguramente fue un producto de mi imaginación, pero juraría que la estatua también sonrió… Supongo que ella sabe lo que yo: Volveremos a vernos. Al fin y al cabo, en el pasado ya lo hicimos.

Finalista del I Certamen de Relato Pasión por Leer de la Biblioteca de Castilla-La-Mancha

Cri du Chat (Maullido de gato)

Escrito por pseudonimoalice 05-06-2014 en Relato. Comentarios (0)

Cri du chat (Maullido de gato)

Gemido, maullido y gemido. Estoy llorando.

En teoría este maullido tan lamentable que acompaña al llanto tendría que haberme acompañado solo el primer mes de vida, pero yo soy muy llorona. Llevo al menos una hora esperando sentada en la acera enfrente de la casa esperándote... pero no apareces. Está empezando a llover…

Como odio la lluvia me meto en la casa por la pequeña puerta que hay en el jardín trasero. A ti no te gusta que salga, pero esa puerta siempre está abierta; a lo mejor está rota. Entro en la cocina desde esa puerta... No me había fijado, pero hay un plato de comida esperándome... Eso significa que sabías que ibas a tardar. Seguramente me lo dijiste pero no suelo prestar atención cuando hablas... Me distraigo rápido y tú dices muchas palabras seguidas... Aunque entiendo el significado de muchas, entenderlas hiladas en frases es más difícil. De todos modos entiendo las básicas; "Vamos a comer", "Vamos a dar una vuelta", "Eso no se hace", "Te quiero"...

Por desgracia esta última ya no sueles decirla...

Cada vez llegas más tarde y estás más cansado. Te metes en tu cuarto a estudiar y yo me quedo en la puerta esperando. Me gustaría poder decirte "¡Eh, mírame! ¡Estoy aquí!", pero aparte de dar saltitos de alegría cuando te veo no puedo hacer más, yo no sé hablar.

Después de comer miro los dibujos que hay por todas partes, eres un gran artista. Cada habitación tiene dibujitos de las cosas que hay en ella... También hay palabras escritas debajo de los mismos que para mí no significan nada.

Pasan los minutos.

Me aburro. Odio estar encerrada.

Rectifico: odio estar sola.

Me subo a los muebles... a las escaleras...Tengo más equilibrio del que parece y debería, dada mi condición. Desde el respaldo del sofá veo la única foto que tenemos juntos... es del día en que te quedaste conmigo. No suelo tener buena memoria, pero ese día lo recuerdo porque mi madre murió y me quedé sola. A los tres días apareciste y me dijiste "No te preocupes, yo cuidaré de ti". Esa frase la entendí.

Ya han pasado dos años desde entonces... Tú tienes veintidós y yo siete. A ti el tiempo casi no te importa, te queda muchísima vida por delante; por el contrario yo no sé cuánto me queda, pero tengo claro que menos que a ti... Es por eso que quiero aprovechar cada segundo.

Soy pequeña, muy pequeña. En la foto me sostienes solo con una mano (aunque salgo apoyada en tu brazo), y por aquel entonces también tenías el pelo negro y corto, ¡como el mío!, creo que es lo único que tenemos en común. Tu piel es morena suave, como el chocolate; mientras que yo soy completamente azabache...

El ser negra a mí no me importa y tú dices que eso te encanta, que me ves muy bonita... Después de estos cumplidos nos tumbamos en el sofá a ver una peli y me acaricias el pelo. Siendo negra no sé cómo puede ser tan liso... Pero, ¿por qué me cuidas?

Vivimos en un barrio viejo lleno de ancianos; creo que eres el único joven que hay en este lugar. Al contrario que nosotros (sobre todo de mí), su piel y su pelo son blancos. Son demasiado supersticiosos y no les gusta que paseé cerca de sus casas. Tú tampoco les gustas. Les odio por dejarnos de lado como si fuéramos desechos.

Ya no llueve.

Vuelvo a salir y vuelvo a ponerme delante de la casa... Vuelvo a sentarme en la acera y esta vez me mancho de barro. Como el cielo está oscuro y nublado no sé qué hora es. Estoy asustada. ¿Y si no vuelves? ¿Y si me has abandonado?

No aguanto más, voy a buscarte.

***

Paseo por la calle con paso lento pero seguro... Dejo escapar alguno de mis geminos/maullidos. Me doy cuenta de que conforme avanzo varios ancianos y veteranos me miran desde sus casas... "No les gustan los extranjeros..." o desde sus ventanas "... en realidad, no les gusta nada que sea extraño". ¿Por qué me estoy acordando ahora de tus palabras? ¿Sería una advertencia?

Ya he cruzado dos calles y todavía no he visto a nadie paseando más que para sacar la basura. Este pueblo está muerto... Se trata de una zona rural muy antigua donde hay más iglesias que cuartos de baño y donde la gente está llena de prejuicios y supersticiones. Un lugar al margen de la tolerancia.

Es extraño... No suelo salir de casa pero no siento tanto miedo; ya ni maúllo. Me siento pequeña pero libre. No me importan los susurros (muchos ni los comprendo) que dicen cosas como "diablo", "mala suerte", etc. Me alegra no saber lo que significa, seguro que no es bueno.

He perdido la cuenta de las calles que he cruzado pero por fin veo algo diferente en este monótono barrio; veo niños.

Me cuelo entre las altas hierbas embarradas de un parque sin vallas y veo en un cuadrado de arena unos columpios, toboganes y un castillo de plástico. Me siento en un banco y observo. Los niños juegan entre ellos intentando saltar los charcos, haciendo tartas de barro y corriendo de un lado para otro. Muchas veces acuden a la llamada de sus padres que tratan de limpiarlos un poco... Ahora que lo pienso, ¿dónde están tus padres?

  ¡Es cierto! ¡Te estoy buscando! He vuelto a distraerme...

  Pero el castillo es muy grande y muy bonito... Está lleno de cosas que relucen con el brillo del agua residual, es muy colorido... y los pájaros que vuelven tras el dilubio se están posando en él...

  Hablando de pájaros... Hay uno apenas a un metro de mí. Qué cerca está...

  ¡ZAS! He intentado pillarlo, pero ha sido rápido y ahora está algo más lejos. ¡Ha sido divertido! Me levanto y corro tras él. ¡ZAS, ZAS, ZAS! Es muy rápido y ha salido volando hasta posarse en una rama baja de un pino. Es demasiado alto... no puedo treparlo.

  Chillo. Dolor. Me duele.

  Siento un dolor intenso en la nuca... ¿Quién me ha golpeado? Me doy la vuelta y veo a un niño riéndose. ¡¿Qué tiene de divertido?! En seguida se le unen más compañeros con piedras en las manos. Me dicen cosas que no entiendo. Me gritan... se ríen de mí.

  Dolor.

  Otra piedra que esta vez ha impactado en mi cuello. Me están rodeando... Me siento pequeña... más aún de lo que soy. Tengo mucho miedo. ¡Ayúdame! ¡¿Dónde estás?!

  Alguien me coge por detrás y me tapa la boca. Le muerdo, le araño, me retuerzo, le golpeo y al final consigo escapar.

  Corro desesperadamente. Corro, tal vez, por mi vida.

  ¿Por qué la gente es tan horrible? ¿Por qué se meten con lo que no comprenden?

  Me duele... Lloro... Maullido/Gemido...

  Un perro me ladra. Ya no puedo correr más. Me duele muchísimo el pecho de correr tanto, ¿o será por las piedras? El perro es muy grande y me asusta. Me escondo detrás de un cubo de basura... La señora que lleva al perro le regaña y éste deja de ladrar y se calma... A pesar de ser una mujer veterana es bastante bonita para su edad... Sus ojos grises me miran con curiosidad... Ni siquiera me atrevo a moverme. No sé si será por la leve confianza que me trasmite, porque se ha llevado al perro de vuelta al interior de la casa o porque me duele hasta respirar; pero me quedo quieta esperándola.

  Al cabo de unos minutos vuelve y me coge en brazos. Limpia mis heridas y me venda mientras me dice palabras muy suavemente... Entiendo algunas frases del tipo "no te preocupes", me habla de una nuera suya que es de Brasil y suelta alguna que otra maldición contra la intolerancia de este pueblo. A continuación me ofrece un vaso de leche caliente y me pregunta cosas que no entiendo. Luego me coge de la cadena dorada que llevo en el cuello, lo que me sobresalta porque tengo un moratón justo ahí. Es una cadena bonita que tiene letras y cosas brillantes que me regalaste por mi cumpleaños hace un año.

  - Bethany...

  Escuchar mi nombre en su boca hace que la mire. Así que eso era lo que ponía en las letras del collar... mi nombre...

  Vuelve a llover. Ella me dice que se llama Sara.

***

  Ya ha anochecido... Sara está preocupada por mí... Desde que me recogió estoy tirada en su sofá gimiendo mucho. Tengo mucho frío...pero estoy ardiendo... El dolor de mi pecho no cesa. ¿Qué me está pasando?

  Ella no deja de acaríciame y consolarme mientras que espera con el teléfono en la mano. El perro ya se ha acostumbrado a mi presencia y no quiere atacarme. Estoy muy mareada... No sé si será el sueño que me hace alucinar, la enfermedad o el dolor...Pero creo que cuando Sara se levantó y abrió la puerta tú estabas allí..."Casa..."

***

  Abro los ojos no sin esfuerzo. Me siento como si no pudiera moverme apenas...

  Tiemblo un poco, pero no por el frío que me penetra, sino por el miedo... Soñé que varias personas vestidas de blanco me examinaban por todas partes y me pinchaban con agujas... Decían una palabra que, por desgracia, entendí: "Morir"

  Aquí hay algo extraño... No estoy en casa...

  Es una habitación extraña... muy blanca. Solo hay un armario, la puerta, aparatos que no sé ni qué son, y una ventana que deja que algo de luz de luna se cuele en la oscura habitación...

  - ¿Por fin despertaste Gatita...?

  Es tu voz... Solo me llamas por ese nombre cuando estoy mala o no puedo dormir y voy a dormir a tu cuarto... De pronto me relajo y me quedo inmóvil en lo que creo que son tus brazos... Me estás abrazando. Estoy feliz. Me estás dando tu calor... aún así noto el agua. ¿Llueve? No me gusta la lluvia.

  Ah, no... estás llorando...

  - Te vas a poner bien, ¿vale? - asiento levemente. Pongo mi mano sobre la tuya.

  No te creo.

  La gente piensa que soy estúpida, pero no lo soy. Me cuesta entender algunas cosas, y tengo mi propia visión del mundo. Es fácil engañarme, ya que no pillo los complicados juegos de palabras ni entiendo por qué la gente miente... Pero esta vez sé que, si de verdad me fuera a poner bien, no llorarías...

  La luz blanca de la luna y la anaranjada de las farolas se mezclan en tu figura... Ya no noto ni frío ni calor... Noto las manos con las que me tocas, sólo eso.

  - Lo siento...

  ¿Qué sientes? ¿Haberme hecho feliz? No entiendo por qué te disculpas... Quiero decirte que no fue culpa tuya, que sabía que no debí haberme escapado...Quiero decirte que por culpa de mi frágil corazón esto iba a ocurrir tarde o temprano. Tú lo sabías y aun así me acogiste.. Enferma de la cabeza y del corazón y lo que me ha matado ha sido una simple pulmonía... Y eso que aquí, en Sudáfrica no suele hacer frío...

  Quiero que vuelvas te conviertas en el artista que sé que serás. Quiero que ayudes a las personas, quiero que cambies este mundo... Quiero decirte que te quiero. Aunque no veo el mundo como tú... sé lo que es el cariño. Sé que tu vida ha sido difícil por estar a mi lado...

  Si yo hubiera sido como tú...

  Cierro los ojos sintiéndote a mi lado. Aunque solo tengo siete años quiero imaginar que tengo veintidós, como tú. Que estás dormido... y que beso tu frente diciendo "Buenas noches Saúl". Espero que todo mejore y que no estés solo nunca más.

  Cada vez veo todo más iluminado a pesar de que la noche se adentra...

  - Gracias... - consigo decirte, pero ya te dormiste entre sollozos, así que no me oyes...

  Miro por la ventana y la blancura de la luna se hace más y más brillante...Ya no siento dolor. Antes de morir consigo ver un gato pardo parado en mi ventana.

  Me gustaría ser como uno... y sentir la libertad.

  Y tras este último pensamiento...

... Muero.

***

  Hacía un día radiante en aquel pueblo de mala muerte. El sol brillaba aunque el viento aliviaba, por lo que no era un calor pegajoso sino placentero.

  Una familia de piel tostada se despedía animadamente de una anciana de piel y cabello blancos que contenía las lágrimas. La mujer dejó a su bebé en los brazos de la señora con una sonrisa.

  - Vamos Isaac, despídete de la tía Sara. - Tanto el padre como la anciana se sintieron un poco mejor y rieron. Llevaban siendo amigos desde hacía muchos años y les costaba despedirse. Desde que la prima enferma que vivía con Saúl, Bethany, había muerto por sus problemas de corazón acrecentados por el cri du chat(1); Sara había sido como una madre para Saúl.

  - Te voy a echar de menos pequeño... - dijo dándole un beso al hijo de menos de un año de su amigo, y se lo entregó al padre. - Y a ti también Picasso. - Saúl se rió.

  - ¡Qué más quisiera Picasso parecerse a mí! - Dijo mientras se alejaba hacia el coche que le estaba esperando. Sara se maravillaba de que la fortuna no hubiera cambiado a Saúl. Siendo de color le había costado muchísimo llegar tan lejos en aquel país.

  Tras dejar al niño en brazos de su mujer, cogió un pequeño bulto negro peludo entre los brazos y se lo entregó a la anciana.

  - Se llama Black, es hija de la gata parda que suele deambular por el barrio. -la anciana se extrañó.

  - Y ¿cómo es que no está con ella? - preguntó.

  -Lo está todas las noches en nuestro tejado... El caso es que le hemos cogido cariño, pero no puedo llevarla a la exposición con nosotros. -miró hacia los lados y luego le susurró en tono confidencial - Dicen que el señor Mandela es alérgico a los gatos. - Sara no sabía si estaba de broma o si de verdad estaba preocupado por eso.

  Tras despedirse otras mil veces de Sara y de Black, la familia finalmente se fue. La anciana quedó en su porche sentada tranquilamente con Black entre los brazos.

  - ¿Sabes...? Me recuerdas mucho a una niña que apareció aquí hace varios años. A ella también la rechazaban por ser negra y además ser discapacitada. - Le dio la impresión de que la gata la miraba con curiosidad, y añadió - Lo cierto es que Black me parece un nombre horrible... Me gusta más Bethany.

(1): Síndrome del Maullido de Gato, caracterizado por el llanto del bebé que, al nacer, suena gual que un maullido. Este síndrome engloba un retraso en el desarrollo tanto físico como mental y puede acarrear cardiopatía congénita (problemas de corazón), retraso en el habla, fragilidad ósea, etc. Estas personas por sus constantes problemas de salud suelen tener una media de vida muy inferior a la general.

Tercer Premio Concurso de Prosa Jaime Ferrán (28-06-2012)

El conflicto entre los derechos

Escrito por pseudonimoalice 30-05-2014 en Ensayo. Comentarios (0)

Hace un tiempo un hombre violó y torturó a una niña. Encontraron a la niña de milagro, y el hombre fue condenado a veinte años de cárcel, de los cuáles solo tuvo que cumplir unos pocos. Pasado ese tiempo, cada día iba a la parada de autobús escolar a la que iba la chica a la que había violado. La amenazaba y la intimidaba. Aparecía en su barrio, en su instituto, en los lugares que frecuentaba… La madre trató de denunciarlo pero “era un hombre libre” y la mujer “carecía de pruebas, era su palabra contra la de él”. La niña estaba tan maltratada psicológicamente y asustada que hasta trató de suicidarse. A pesar del testimonio de los psicólogos “la falta de pruebas era indudable”. El hombre fue a la gasolinera donde solía ir a repostar la madre, y lleno de orgullo, viéndose a sí mismo respaldado por la ley, le explicó minuciosamente cómo pensaba violar, mutilar y matar a su hija; y empujó a la madre contra el surtidor. Esta, al ver el peligro que corría su hija, el suyo propio y el desamparo en el que las tenía la justicia se defendió, y en esa gasolinera quemó al hombre. La justicia la ha condenado a veinticinco años de prisión. ¿Podría haberse evitado esta situación si la justicia hubiera intervenido antes? ¿No es un castigo demasiado elevado en comparación con el que él asumió? Sin embargo este caso es de los que mejor terminaron, ya que en otros muchos similares, los violadores cumplieron sus promesas de asesinato e incluso mataron a civiles que, sencillamente, pasaban por ahí.

  Muchas veces estos desalmados están incluso dentro de las casas de las víctimas: Hablo del maltrato. Tantas campañas en contra, tanto concienciar… Si tan fácil es denunciar el maltrato, ¿por qué decenas de víctimas no denuncian? Y una cuestión más impactante… ¿Cuántas veces han visto en las noticias un caso de violencia doméstica en el que la mujer acabara asesinada y el presentador o presentadora decía: “La víctima había denunciado en numerosas ocasiones a su pareja sentimental”? Demasiadas.

  Un hombre que tenía varios hijos y tanto él como su esposa estaban en paro decidieron alquilar una vivienda que habían comprado en tiempos de prosperidad. Pasados unos meses, los vecinos comenzaron a quejarse de los inquilinos. Dejaban basura en las calles, eran violentos, y dejaban una estela de jeringuillas y botellas rotas a su paso; además, no habían pagado ni una vez el alquiler. El hombre trató en más de veinte ocasiones ponerse en contacto con los inquilinos para comentar la situación, pero ellos se negaban. El hombre les avisó de que no podían seguir en su casa por más tiempo, y pasado el plazo que les dio para desalojar fue a su casa, y al ver que no había nadie, entró y dejó las pertenencias de los inquilinos en la puerta para que las recogieran, pero cerró la casa. Paradójicamente, fueron ellos quienes le denunciaron, y este hombre está ahora mismo en la cárcel. Su mujer y sus suegros no tienen el suficiente dinero para subsistir, y el poco que tenían se lo tuvieron que dar a los inquilinos como “compensación”. Probablemente en unos meses sus hijos tendrán que ir a un hospicio. ¿Esto es protección del derecho a la vivienda?

  En nuestro país, cada año, miles de niñas de familias de cristianos y musulmanes absolutamente radicales dejan sus estudios al ser casadas y se les mete en la cabeza desde su juventud que han nacido única y exclusivamente para obedecer a su marido, tener hijos y cuidar de la casa. ¿Libertad religiosa, o esclavitud?

  Mientras tanto el imputado por el caso del Madrid Arena, decenas de políticos corruptos y millonarios que cometen crímenes como robos y agresiones viven tan ricamente ya que para ellos pagar multas es como dar dos euros de propina en un restaurante. ¿Las leyes son iguales para todos?

  Bien, repasemos el tema de este ensayo “¿Hay conflicto entre los derechos?” Teniendo en cuenta los casos anteriores yo diría que sí.

  España ha tenido un pasado legal muy turbio. Los regímenes absolutistas, las repúblicas de gobernantes corruptos y las dictaduras fueron las causantes de que las únicas libertades que tuvieran los ciudadanos fueran las justas para que pudieran seguir trabajando y pagando sus impuestos sin impedimentos, eso sí, siempre y cuando estuvieran de acuerdo con las ideas del régimen que se impusiera en el momento.

  La libertad es un concepto demasiado reciente; una niña recién nacida que trata de gatear sobre las ruinas legales de nuestra nación. Cuando llegó la democracia y los ciudadanos vieron la posibilidad de romper sus grilletes y avanzar hacia un porvenir de libertades y derechos, la emoción les inundó. Los españoles acabábamos de salir de una dictadura de represiones, torturas y persecuciones políticas; no podemos culpar a nuestros predecesores por haber tratado de dotar al sistema de un gran número de derechos y libertades también a los criminales.

  La principal razón del conflicto entre los derechos es el choque entre los derechos de las víctimas y los derechos de los delincuentes; situación que nunca antes se había dado ya que anteriormente los delincuentes no tenían prácticamente ni un solo derecho, lo cual también es algo indudablemente injusto. Además, el sistema jurídico español tiene otro punto flaco: la lentitud.

  Hay veces en las que los asesinos son menores de edad y reciben penas menores. ¿Si un chico de diecisiete años viola a una mujer, a un niño de menos de diez años, o asesina a una persona; es menos grave que si lo hace el mismo chico pero con dieciocho años? Muchos delincuentes juveniles asesinan sin piedad como en el caso de Marta del Castillo y ni siquiera llegan a pisar la prisión.

  En otras ocasiones los delincuentes sufren enfermedades mentales o tendencias psicóticas. Son los únicos que no tienen culpa de sus delitos, no pueden controlarse a sí mismos, por lo que no suelen ir a la cárcel. Yo entiendo que esas personas tienen una terrible desgracia en sus hombros pero ¿realmente es una buena idea dejar en la calle a una persona cuyo instinto primario es matar gente? Admito que no tienen la culpa y que tal vez encerrarlos en prisión como un castigo no es buena idea, pero esas personas necesitan de un cierto aislamiento y de una terapia adecuada, al menos hasta que se recuperen, y la ley debería prever estos casos.

  ¿Entregarían ustedes a su hijo recién nacido o a un hermanito pequeño a un hombre tan sanguinario que le hubiera arrancado un brazo a su esposa y la hubiera violado y maltratado demasiadas veces como para llevar la cuenta? Pues según la ley eso es lo más lógico del mundo. Aunque una mujer denuncie por maltrato sus hijos tendrán que seguir estando con su marido pese a la posible orden de alejamiento, además, si no hay dinero ¿adónde va a ir la mujer? Lo raro es que la gente se extrañe de que las mujeres no denuncien. De los pocos casos de los que he oído hablar por la televisión y la información que ofrecen las agencias de mujeres maltratadas, las pocas que logran la orden de alejamiento ven que sus hijos son utilizados como armas de venganza por los maltratadores y son también maltratados e incluso asesinados, como en la finca de las Quemadillas…

  Desde que estamos en el colegio se nos enseñan unos valores fundamentales: “matar es malo”, “robar es malo”. Y también “no pegues a ese niño porque a ti no te gustaría que te pegaran”. Y eso está muy bien, lo malo es cuando algún juez con dos dedos de frente quiere ponerle la pena del máximo de años posible de prisión a un criminal que, por ejemplo, haya violado a cincuenta niños, y salga el típico “iluminado” que diga “No podéis ponerle una pena tan alta a ese hombre, al fin y al cabo no ha asesinado, además os gustaría que a vosotros os tuvieran ese tiempo en la cárcel”. Y la gente suele hacerle caso, sencillamente porque hemos perdido la lógica. Hemos perdido la ética y la capacidad de razonar lo que está bien y lo que está mal. Muchas veces se hacen llamamientos a la empatía a favor del delincuente y tendemos a pensar “pobre hombre, a lo mejor ha cometido un error”, y por tener esta “compasión” nos consideramos buenos samaritanos. Y es que no somos unos santos, y por eso tendemos a posicionarnos más en la parte del acusado, y eso está muy bien ya que no se puede juzgar sin comprender los distintos puntos de vista, pero ¿cuándo va a la gente a ponerse del lado de la víctima y pensar “¿y si hubiera sido mi hijo de cuatro años uno de los niños violados?”. Muchos tratamos de ser “buenos” encaminándonos hacia el “perdonar y olvidar” pero la mayoría ni somos Dios ni tenemos alzehimer.

  El problema es que vemos los castigos de la Justicia como una “venganza que favorece a la víctima” y no. Cuando se castiga a un niño por hacer algo malo no se piensa “que sufra como me ha hecho sufrir a mí al romper el jarrón de mi madre”, y por eso tampoco sale ninguno diciendo “¿a ti te gustaría que te castigaran por haber cometido un error puntual en una ocasión?”. Si castigas a un niño es simple y sencillamente para que no lo vuelva a hacer. Y si ponemos penas de un año con reducción de condena por buena conducta, opción a seguir estudiando desde la cárcel, indultos y actividades culturales y de ocio a los criminales es como si al niño del ejemplo le dieras caramelos por quemar tu casa.

  Si seguimos así las cárceles van a ser más seguras que las calles. Y tal vez se sucedan más casos como los del primer ejemplo y la gente se tome la justicia por su mano. Todos tenemos cuentas con alguien, ¿imaginan lo que ocurriría?

  “Las leyes no son perfectas porque los humanos que las hicieron tampoco lo son… Aún así los humanos seguimos haciendo leyes, y eso demuestra que aún tenemos esperanza en la Justicia.” –Tsugumi Oba.


Primer premio de Ensayo Filosófico IES Jaime Ferrán (29-05-2014)